Save Thanos
Un día más, vengo a quejarme de algo. Es mi Substack, dejadme en paz.
Decir que los cómics han formado parte de mi vida sería quedarme corta; durante años, mi mesita de noche ha agonizado bajo toneladas de cómics, y los veranos de mi adolescencia no se entienden sin esas madrugadas devorando un número tras otro de los X-men o de los Los Cuatro Fantásticos. Sin embargo, las películas de superhéroes de los últimos años me han hecho salir del cine indignada y soltando peroratas (para desgracia de mis acompañantes), y en los últimos tiempos, ni siquiera me intereso por verlas un mal domingo de siesta. El cómic y el estado político y cultural del momento en que se produce siempre han ido de la mano, y me temo que la actualidad no es una excepción. El simplismo y la ñoñería de los tiempos que corren ha infectado también el medio. He venido a quejarme, como ya he anticipado, no sin antes hacer un repasito a lo que ha sido el nacimiento y la evolución de los cómics como fenómeno social y de masas.
La historia del comic americano es un relato de catarsis y argamasa cultural; desde el nacimiento de Superman, en 1938, o desde las primeras apariciones de Capitán América, tras el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941, los superhéroes han viajado de la mano de los intereses políticos estadounidenses y han encarnado sus ideales y propaganda.
La Edad de Oro del cómic americano fue, indiscutiblemente, durante los años 40: Timely Comics y National Allied Publications (predecesoras, respectivamente, de Marvel y DC Comics) publicaban y vendían millones de ejemplares. Personajes como Namor o la Antorcha Humana nacieron también durante la Segunda Guerra Mundial. Las tramas eran sencillas, incluso infantiles, a ojos del lector actual; la distinción entre el bien y el mal estaba clara. En las páginas de los cómics, los lectores veían a los héroes machacar nazis y a Superman llevando a Hitler ante una Corte Penal. Las pulsiones de victoria del país, y el ideal del joven americano valiente y amante de la justicia hallaban su máxima expresión en este superhombre de calzoncillos rojos y envidiable ratio espalda/cadera.
Durante los años 50, los superhéroes pierden fuelle. El Macartismo, consciente de la influencia cultural que tienen, promueve mecanismos de censura para los cómics. Nace así la infame Comics Code Authority, que castraría la creatividad de los escritores y su libertad de expresión durante décadas. De esta manera, da comienzo la Edad de Plata, cuyo inicio suele identificarse con la publicación del Showcase número 4 y The Flash de Barry Allen. De hecho, el Comics Code siguió coleando hasta prácticamente 2011, lo cual es sintomático del interés que entraña controlar la narrativa épica superheroica. The Flash se pasó los años 50 apalizando rusos y malvados comunistas, para regocijo de los buenos patriotas.
Durante los años 60 y 70, la sociedad americana experimenta cambios y turbulencias, y los cómics no son ajenos a ello. Aparecen los 4 Fantásticos, Spiderman, los X-men; las drogas, las luchas por los derechos civiles o la discriminación se cuelan entre sus páginas, o incluso se plantean como un elemento central de sus tramas, como es el caso de los X-men. Los héroes crecen y se humanizan, y la ola de renovación y libertad consigue asomarse entre los barrotes del Comics Code, que empieza a perder fuerza.
Los años 80 golpean la fea cara del convencionalismo con un puño americano, y la dejan irreconocible. Alan Moore escribe Watchmen, y Frank Miller reimagina Batman con las míticas obras “Año uno” y el “Regreso del Caballero oscuro”. El “Arkham Asylum” de Grant Morrison es otro hito de una época, en mi opinión, irrepetible.
El talento de estos genios psicoanaliza al héroe y le pone delante un espejo; ¿qué tipo de ser humano es capaz de usar la violencia para la consecución de unos fines que él considera justificados, y en nombre de quién? ¿Qué es la justicia, y en manos de quién debe depositarse? En otras palabras: ¿Quién vigila a los vigilantes? ¿Por qué hemos de confiar en el poder? A principios de los años 90 nace, dentro del paraguas de DC, el sello Vértigo. Con el fin de sustraerse a los códigos mojigatos del Comics Code y dotar a sus escritores de absoluta libertad creativa, la editora Karen Berger recluta a los mejores creadores de su época. El sello Vértigo es, sin lugar a dudas, la casa de mis cómics favoritos de todos los tiempos, y la cúspide de todo lo que está bien en esta vida: Animal Man de Grant Morrison, Sandman de Neil Gaiman, Hellblazer de Jamie Delano, Shade the changing man de Peter Milligan, la Cosa del Pantano y V de Vendetta, de Alan Moore…todos pasaron a formar parte de Vértigo. Dentro del sello, vieron la luz otros cómics míticos, como Preacher, de Garth Ennis y Steve Dillon, o 100 balas, de Brian Azzarello y Eduardo Rizzo. De nuevo, el cómic servía como catalizador, elevado a expresión artística y literaria de rotunda genialidad y mirada crítica.
Podemos decir que el cómic pasó de una simplista exaltación nacional en los años 30 y 40, a una castrada herramienta anticomunista en los 50, para empezar a liberarse tímidamente en los 60 y 70. En los 80 y los 90 se reivindica ya no como un género, sino como un formato de creación literaria y artística.
Con los 2000, llega la decadencia y prácticamente la bancarrota para Marvel Comics. Su salvación vino en forma de películas, y de actores famosos enfundados en trajes ajustados; el universo del cómic de superhéroes pasó así al mainstream y al blockbuster, un fenómeno cultural que alcanzó su clímax con el estreno de “Vengadores: Endgame” en 2019. También se han hecho películas de cómics como “Watchmen” o “V de Vendetta”. Voy a empezar hablando de la carnicería que supusieron estas películas.
Las primeras páginas de Watchmen nos muestran un smiley tirado en el suelo, en un charco de sangre, arrastrado por el manguerazo de un barrendero. Han asesinado al Comediante.
Rorschach narra: “toda la inmundicia de su sexo y violencia harán espuma a su alrededor, y todos los políticos y las prostitutas mirarán arriba, y gritarán “salvadnos”, y yo miraré abajo y diré no. Siguieron los pasos de libertinos y comunistas, hasta darse cuenta de que era demasiado tarde”. Rorschach es un pirado, un fascista y en definitiva un ser despreciable, del mismo modo que lo es el Comediante. Ambos aparecen como superhombres en la película, convirtiendo dos iconos en el superhéroe genérico número un millón.
La película de Zack Snyder pinta a los personajes de Watchmen de forma épica y espectacular, y les arrebata el patetismo y la decadencia del cómic, clave esencial de la obra y del mensaje de Alan Moore. En el cómic, los “héroes” no son superhumanos; son ridículos, delirantes personajes vestidos con trajes estrafalarios. Ozzymandías traza un plan por el cual la humanidad finalmente se unirá ante una amenaza exterior, y por este bien mayor, aniquila a toda una ciudad. En las últimas páginas, vemos muertos a todos los personajes secundarios que hemos ido conociendo; nos golpea la magnitud y el significado de dicha destrucción. En la película, se salda el asunto con una explosión cliché más de la mano de Dr Manhattan, lo cual no tiene sentido ni en la trama de la propia película. Se glamuriza la violación de Espectro de Seda, que en el cómic es brutal y repugnante, y la relación entre ésta y Búho Nocturno, que se presenta como la culminación de un largo coqueteo y deseo mútuo, mientras que en realidad no es más que el fruto de la soledad y la conveniencia. Todo el cómic ha sido pasado por el “abrillantador” de lo heroico, despojando el mensaje de todo calado.
Esto es sólo un ejemplo de como se ha pasado una gran obra por la máquina de triturar, convirtiéndolo en un producto de consumo digerible y robándole el alma.
Mejor no hablemos de la Liga de los Hombres extraordinarios, o de From Hell; son atentados dignos de la violencia más extrema. Lo mismo sucede con la película de V de Vendetta; cambiamos un protagonista ambiguo, violento, cruel y moralmente gris por un carismático y benevolente héroe de la justicia. La Inglaterra de Thatcher, y la sociedad autoritaria de la obra se sustituyen por evidencias para su mejor deglución y consumo. Por ejemplo, el Líder pierde toda la sutileza del personaje original, un hombre acabado e inseguro, transformado en el tópico del dictador malo que grita por la tele. V de Vendetta es una obra sobre la libertad, y el poder de un único individuo frente a la masa; la capacidad de una sola voluntad de desestabilizar la opresión y a sus siervos. El final de la película lanza el mensaje contrario al del libro: una horda de rebeldes se ponen la máscara de V y se enfrentan al poder. En el libro, la sociedad sigue su curso, violenta y corrupta, y es Ivy quien toma el relevo. Hay miles de detalles que roban a V de Vendetta su mérito artístico y convierten a la película en el equivalente cultural de una pizza congelada.
Hablemos también de Infinity Wars, y de los cómics del Guantelete del Infinito de Jim Starling. Fue con el estreno de estas películas que el Marvel palomitero terminó de romperme el corazón. En ellas, Thanos es Greta Thumberg disfrazada de titán. Por razones ecologistas y de sostenibilidad, Thanos decide eliminar a la mitad de la humanidad para reducir la huella de carbono y plantar zanahorias ecológicas. Después de lograr el Guantelete del Infinito, un arma que puede transformar la realidad a su antojo, Thanos es tan obtuso que llega a la conclusión de que la única forma de cumplir el Tratado de Kyoto es ponerse malthusiano y matar a mucha gente. Es una premisa ridícula y que hace aguas por todas partes. Y lo peor de todo: convierte una obra que presenta un dilema interesante en una tontería. En los cómics originales, Thanos está enamorado de la Muerte, y quiere dedicarle un templo y consagrarle las vidas de los mortales. Es por esta razón por la que elimina a la mitad de la humanidad; y aún así fracasa. La Muerte no le corresponde, y él, con el poder infinito literalmente en la palma de la mano, no puede hacer nada al respecto. Finalmente, cuando es derrotado, no es como consecuencia de un ingenioso plan; la derrota de Thanos está en sí mismo, y en el hecho de que ni siquiera el Guantelete, es decir, el poder total, le ha proporcionado la paz que buscaba.
La máquina de picar carne de Hollywood ha cogido obras que podían ser interesantes, y que empezaban a rebelarse contra el Comics Code mental en el que estamos sumidos, y las ha metido de nuevo en vereda. Una y otra vez vomita la misma fórmula, hurtándonos la originalidad de los cómics, y reduciendo las historias a una histriónica fórmula de chistecitos, malo externo que viene a destruir el mundo y héroes que lo salvan. Desgraciadamente, también parece que este tipo de películas han venido a cubrir el nicho que la fantasía y la ciencia ficción tenían en el cine, y que es un erial en los últimos tiempos.
Si Flash pisoteaba comunistas y Capitán América se cebaba con los nazis ¿cuál es el mensaje de los superhéroes en la actualidad, una vez pasados por este nuevo filtro Hollywoodiense? En mi opinión, los superhéroes son defensores del status quo.
Incluso Superman, antes de integrarse en la sociedad pateando al Reich, luchaba contra políticos corruptos y gánsteres; es decir, se intentaba dotar al personaje de un mínimo de contexto. Estos superhéroes modernos del cine no hacen nada de esto; la moraleja final es que vivimos en el mejor de los mundos posibles, y que los villanos son aquellos que vienen a alterar nuestra realidad. En estas películas, los malvados son los únicos que tienen una visión crítica, y tratan de cambiar el estado de las cosas. Evidentemente, sus métodos y su crueldad impiden que nos identifiquemos con ellos, pero no por ello es menos inquietante la idea de aniquilar al distinto.
La idea subyacente es que el cambio es necesariamente negativo, y que, por si acaso, es mejor dejar las cosas como están. Los temas difíciles, los personajes ambiguos, y, en general, las grietas de este mundo ya no interesan a una Marvel que ha sido comprada por Disney, la empresa propietaria de la inmensa mayoría del contenido que consumimos. Los custodios de la conciencia.
La cuestión no es únicamente que las adaptaciones cinematográficas de grandes obras del cómic hayan optado por adulterar totalmente las obras para transformarlas en un producto feel good, opuesto en cuerpo y alma al que pretendían transmitir sus autores, sino que también aquellos cómics más simples en cuanto a trama y aspiraciones han sido podados para repetir una y otra vez la misma fórmula nauseabunda del bien y del mal, despojándolos de los destellos de originalidad que pudieran tener. No creo en el arte necesariamente militante y político, pero sí creo en la creación libre, en la originalidad y en el papel ineludible que debería tener: meter el dedo en la llaga.
Pobre Thanos.


Cómo me gusta encontrarme con una buena reflexión sobre el mundo del cómic. Sobre todo si es de superhéroes, una parcela tan denostada en según qué momentos y tan sobrevalorada en otros. Permítanme, aunque sea de forma caótica, decir algunas cosas al respecto.
En general me siento muy cómodo abrazando la mayoría de los planteamientos que Ángela sostiene. Si bien hay cosas que deben ser dichas en relación a la condescendencia con el poder y los comics de superhéroes.
De entrada decir que el cine casi siempre traiciona al cómic. Esta traición en buena medida la justifican con el manido planteamiento de que se trata de medios distintos con tiempos distintos, bla, bla. Todo el mundo entiende que un cómic no deja de ser un storyboard en un planteamiento de máximos, esto nos invita a pensar que los que hacen pelis sólo deberían seguir esos “storyboards” preexistentes. No digo yo que esto sea factible en todos los casos pero, visto lo visto, tal vez mejores historias nos habrían llegado.
Ángela se queja, y razones le sobran, de la falta de denuncia del poder por parte del medio de superhéroes. Nada más leerlo vino a mi cabeza un autor que yo considero que se trata de una salvedad y, justo por eso, conviene no escatimarle un justo reconocimiento. La salvedad a mi entender se llama Chris Claremont y todos quienes seguimos a los X-Men desde niños vimos como una colección muerta y entrerrada en la primera mitad de los años 70 resurge de sus cenizas tras su llegada. La palabra mutante coge tanta fuerza que en poco es sinónimo de oro. Algo similar a lo que consiguió Frank Miller revitalizando a Batman y Daredevil levantando dos muertos del ostracismo comercial. Todo lo que escribe Claremont se vende como rosquillas recién hechas.
Él crea la "Ley de Registro de Mutantes" en los 70. Una ley que por sí misma constituye un acto político del MAL, el antisemitismo nazi aplicado a los mutantes. El gobierno crea un inventario de sujetos , un registro. En un primer momento sólo se trata de información, luego vendrá el sometimiento -mutantes cazando a mutantes- y finalmente el exterminio. Este punto final echa mano del “Centinela” como el brazo ejecutor del gobierno.
La bancarrota de Marvel se evita principalmente con la venta a la FOX de los derechos cinematográficos de sus personajes mutantes. Unos derechos maximizados por el exitazo de ventas alcanzado con las series escritas por Claremont: unccany X-men, New Mutants, X-Factor, Lobezno y otros. Los mutantes vinieron para reverdecer un campo anodino y sin ideas que languidecía desde hacía años. Gracias a Claremont-Byrne, Miller y Lee mas adelante.
Sobre Alan Moore me viene la idea de que si bien él aborrecía de la peli de Whatchmen que tal vez no tanto de la serie de HBO. Aunque Moore es difícil de contentar a mí me parece que la serie es, con diferencia, mucho más fiel al espíritu del cómic.
La novela gráfica "Dios ama, el hombre mata" de Claremont y Brent Eric Anderson sería uno de los mejores exponentes de esta lucha contra el poder.
En otros lares más cercanos como Reino Unido, el mundo superheróico cuenta con casos curiosos que merecen una pincelada. Se me viene a la cabeza el personaje de la editorial Fleetway SPIDER (otra creación de Jerry Siegel, creador de Superman). Un ladrón con rol de superhéroe.
Aquí en España no podemos olvidar las alucinantes portadas de López Espí en Ediciones Vértice que, tanto para Marvel como para Fleetway, sirvieron como canto de sirenas para tantos aficionados en los 60 y 70, entre ellos yo mismo.